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La novela española del 39 al 80. Tendencias, autores y obras principales


Esquema

  1. Introducción
    1. Contexto histórico: posguerra, 2ª GM, Guerra fría, Integración en la ONU, Comunidad Económica Europea...
    2. Contexto literario: aislamiento, censura, vuelta al realismo, Existencialismo
  2. Años 40
    1. Exilio
    2. Carmen Laforet (“Nada”)
    3. Camilo José Cela (“La familia de Pascual Duarte”, “La colmena”)
    4. Gonzalo Torrente Ballester (“Javier Mariño”, “Los gozos y las sombras”)
    5. Miguel Delibes (“La sombra del ciprés es alargada”, “El camino”, “Las ratas”, “Cinco horas con Mario”, “Los santos inocentes”)
  3. Generación del medio siglo
    1. Neorrealismo
      1. Rafael Sánchez Ferlosio (“El Jarama”)
      2. Juan García Hortelano (“Nuevas amistades”, “Tormenta de verano”)
      3. Carmen Martín Gaite (“Entre visillos”)
    2. Realismo social
      1. José Manuel Caballero Bonald (“Dos días de septiembre”)
      2. Jesús López Pacheco (“La central eléctrica”)
    3. Otros autores: Juan Goytisolo, Luis Goytisolo, Juan Benet, Joan Marsé...
  4. Años 60
    1. Renovación experimental
      1. Luis Martín Santos (“Tiempo de silencio”
      2. Juan Goytisolo (“Reivindicación del conde don Julián”)
      3. Juan Benet (“Volverás a Región”)
    2. Novela experimental
  5. Años 75: la nueva narrativa española
    1. Eduardo Mendoza
    2. Javier Marías
    3. Antonio Muñoz Molina
    4. Otros autores
  6. Últimos nombres
    1. La novela posmoderna

Tema:
Las décadas de los 40 y 50 en España coinciden con la denominada “posguerra”, una época durísima no solo desde el punto de vista económico, sino también cultural. Paradójicamente, tras la derrota del eje fascista en la 2ª Guerra Mundial, el Franquismo no es arrastrado por ella sino que se convierte en aliado anticomunista de Estados Unidos en la guerra fría, lo que perpetuará el sistema. El panorama cultural era más bien desértico, dado que gran parte de la intelectualidad se había visto obligada a exiliarse y que la censura que imponía la Iglesia y el gobierno eran severas. No obstante, desde los férreos años 40 hasta los 60 se ve una progresiva apertura que permitirá la expresión más o menos crítica de sucesivas generaciones de autores.
Quizá haya que empezar hablando de la narrativa en el exilio, que se nutrió más de la nostalgia de la patria perdida y el dolor por la contienda que de la resistencia directa a Franco. Entre los muchos autores no podemos olvidar al imaginativo Max Aub, con su larga serie de los “Campos”, al longevo y gran especialista en cuentos Francisco Ayala (“Los usurpadores”) o al fecundo Ramón J. Sender, con su capacidad de indagación en la sociedad española (“Réquiem por un campesino español” o “Crónica del alba”).
Ya en España, la literatura siempre estuvo bajo sospecha. La censura directa, la autocensura de los autores y el miedo o imposibilidad de editar impidieron todo desarrollo normal de la narrativa. Al margen de los exitosos géneros de evasión (novela rosa, del oeste, tebeos y fotonovelas), dominaban el panorama autores realistas de ideología muy tradicional (Zunzunegui, Gironella, Sanchez Mazas...). Fue por ello un acontecimiento “Nada”, de Carmen Laforet, quien en 1942 plantea el conflicto existencial de una universitaria en un ambiente asfixiante de la Barcelona de posguerra. Sin embargo, en estos años 40, iban a surgir tres grandes autores de importancia capital en todo el siglo XX. En primer lugar, Camilo José Cela, quien en 1942 retrata con “La familia de Pascual Duarte” la violencia y deshumanización de sociedad española rural. Estilo inconfundible, vasta cultura y una delectación por lo sórdido que permite entrever un pesimismo existencialista son sus señas de identidad. A esta novela seguirán otras fundamentales como “La colmena”, novela coral de estilo realista y a la vez experimental donde retrata el duro Madrid de la posguerra, y una longeva y fértil trayectoria con títulos como “San Camilo, 1936” o “Mazurca para dos muertos”. Otro autor de larga trayectoria pero que surge en los años 40 es Gonzalo Torrente Ballester. Salido de las filas de la Falange, su primera novela, “Javier Mariño”, es de las pocas novelas bélicas que todavía merecen la pena leer. Títulos como la trilogía realista “Los gozos y las sombras”, la experimental “La saga/fuga de JB” o la irónicamente melancólica “Filomeno a mi pesar” lo encumbraron hasta lo más alto de nuestra narrativa. Aunque quizá el autor que más mereció el elogio del público fue Miguel Delibes. Su palabra precisa, sus personajes universales, su defensa de la naturaleza y un estilo sobrio que no renunció a un inquieto experimentalismo hicieron de él figura clave de la novela de la segunda mitad del siglo XX. Conocido por novelas realistas de ambiente rural como “El camino” o “Las ratas”, en los 60 dejó su huella en la experimentación con “Cinco horas con Mario” o “Parábola de un náufrago” y es autor de obras ya clásicas como “Los santos inocentes” o “El hereje”.
A partir de los años 50 va a surgir una nueva generación de narradores, denominada “Generación del medio siglo”, “de los 50” o de “los niños de la guerra”, que se sienten algo más libres para expresar cierta crítica sobre la realidad social. Con una estética realista, influidos por la “nouveau roman” francesa y el conductismo norteamericano, van a dar lugar a los que se llamó el “realismo social”. Serán novelas donde el narrador desaparece y cede su papel a los personajes. De tramas intrascendentes, pero concentradas en el tiempo, su intención crítica se resume en poner el foco, como lo haría una cámara, en realidades marcadamente injustas. Aunque difíciles de distinguir en la práctica, se suele hablar de dos corrientes dentro de esta escuela. Una primera sería el objetivismo (también neorrealismo), de la que “El Jarama”, de Rafael Sanchez Ferlosio sería el mejor exponente. En ella asistimos a la fragmentaria recreación de una merienda en el río de un grupo de jóvenes. Lo trivial de sus conversaciones emerge como crítica a la adormecida sociedad española que 20 años antes había luchado ferozmente en esas mismas orillas. Otros títulos importantes son “Tormenta de verano”, de Juan García Hortelano, “Entre visillos”, de Carmen Martín Gaite o los cuentos de Ignacio Aldecoa. La otra versión de realismo social, el llamado “realismo crítico”, ofrece una expresión más cruda de la realidad. Los protagonistas ya no son burgueses ni universitarios, sino campesinos del vino (“Dos días de septiembre”, de José Manuel Caballero Bonald), u obreros de una presa (“Central eléctrica”, de Jesús López Pacheco), y los conflictos sociales pasan a un primer plano, pero sin renunciar a la técnica objetivista ni a la concentración temporal y espacial.
El panorama narrativo español a principios de los años 60 está protagonizado por la novela social. Autores neorrealistas como José Manuel Caballero Bonald, Juan Goytisolo o Ignacio Aldecoa publican novelas ya maduras dentro de esta estética. Sin embargo, la publicación en 1962 de “Tiempo de silencio”, de Luis Martín-Santos, iba a cambiar abruptamente la trayectoria de nuestra literatura. Sin renunciar a cierto realismo crítico, el autor nos presenta una cuidada trama donde un médico investigador se ve involucrado en un homicidio que terminará por arruinar su carrera profesional, además de cobrarse la vida de su novia. Al margen de los acontecimientos novelados, quizá lo fundamental de la obra, por su novedad en España, sea la incorporación de ciertas técnicas narrativas contemporáneas como el narrador en 2ª persona, el perspectivismo, el flujo de conciencia o la fragmentación en secuencias. Las huellas de autores como James Joyce, William Faulkner o Marcel Proust son manifiestas. Importantísimo es también el papel del narrador-ensayista, ya que la peripecia del protagonista por todo tipo de ambientes: fiestas burguesas, laboratorios, prostíbulos, chabolas o conferencias de filosofía le da pie a enhebrar frecuentes digresiones sobre la esencia de España, su papel en la Historia, las causas de su postración, etc. Martín-Santos muere de forma trágica al poco de su publicación, pero el impacto de la novela es enorme. Tanto, que los grandes autores necesitan unos años para digerir esa elocuente crítica al prosaísmo del realismo social. En 1966 aparece “Señas de identidad”, de Juan Goytisolo, quien recoge el testigo de la novela innovadora, que conserva el espíritu crítico de la novela social, pero enriquecido con los hallazgos contemporáneos europeos que la censura había impedido que prosperaran en nuestro país. España como tema de reflexión será el centro de estas novelas, llamadas innovadoras, a las que se sumarán no solo los autores del medio siglo como Juan Benet (“Volverás a Región”), Caballero Bonald (“Ágata ojo de gato”) o Juan Marsé (“Últimas tardes con Teresa”), sino también los grandes autores de los 40 como Cela (“Oficio de tinieblas”) o Delibes (“Cinco horas con Mario”).
Lo que en los años 60 fue innovación fue cobrando auge y radicalismo y en la primera mitad de los 70 puede hablarse sin error de experimentalismo. Los autores van dejando de lado el tema de España y se centran en el lenguaje, en la propia tarea de escribir. Parecen buscar la destrucción del género novela en una exploración de sus límites: los personajes se desdibujan, el espacio pierde consistencia, el tiempo puede concentrarse en un instante, los argumentos desaparecen en favor de una mente pensante, obsesiva, cada vez más hermética. Ejemplos de ello son obras como “Reivindicación del conde don Julián”, de Juan Goytisolo, “Si te dicen que caí”, de Marsé o “La saga/fuga de JB”, del más mayor Torrente Ballester. Pero hay una serie de autores que comienzan su trayectoria literaria al calor del experimentalismo y son quienes llevan el movimiento más lejos. Títulos como “La primavera de los murciélagos", de J. Leyva o “Cuando 900.000 mach. aprox”, de M. Antolín son elocuentes.
El furor experimental estaba condenado a la extinción por su propia virulencia y la vuelta a la normalidad llegó en 1975 de la mano de uno de los escritores de más prestigio hoy día: Eduardo Mendoza, con su primera novela “La verdad sobre el caso Savolta”. Se recupera el gusto por las trama argumental, por los personajes nítidos, por el tiempo convencional, etc. No obstante, la experimentación no ha transcurrido en vano y el autor posee una gran libertad de recursos: perspectivismo, inclusión de textos no literarios, ironía, parodias, reivindicación de subgéneros como la novela negra, histórica, el folletín, etc. La trayectoria de Mendoza ha derivado hacia un tono de humorismo costumbrista pero de prosa exquisita que le ha llevado a un gran éxito editorial. Se puede decir que comparte generación con otros grandes narradores como Javier Marías (“Mañana en la batalla piensa en mí”), Antonio Muñoz Molina (“Plenilunio”), o incluso Juan José Millás (El desorden de tu nombre”). Su éxito permitió hablar de un boom de la narrativa española en los años 80. Quizá no tengamos aún perspectiva suficiente para juzgar su calidad, pero la nómina de autores de talento es amplia: Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Umbral, Julio Llamazares, Manuel Rivas, Almudena Grandes, etc.
Quizá por su carácter proteico, por servir de cauce a la expresión de la épica cotidiana del hombre actual, la novela se ha convertido en el objeto de consumo dominante de la literatura hoy en día. En esta segunda mitad del siglo XX hemos asistido a un viaje desde el realismo a la experimentación para volver a un realismo distinto, menos crítico y más íntimo, que ha enriquecido sin duda al género. Por calidad y cantidad de autores y obras, podemos afirmar que estamos en un momento de mucha vitalidad y de él debemos disfrutar.



Novecentismo y Vanguardias

Esquema

1. Introducción
    a) Definición
    b) Contexto histórico
    c) Contexto literario: las Vanguardias
2. Rasgos comunes del Novecentismo
    -Racionalismo
    -Antirromanticismo
    -Defensa del “arte puro”
    -Aristocratismo intelectual
    -Estilo cuidado
3. Obras y autores
    a) Ensayo
         -José Ortega y Gasset
    b) Novela
        -Gabriel Miró
        -Ramón Pérez de Ayala
        -Ramón Gómez de la Serna
    c) Poesía
       -Juan Ramón Jiménez
4. Conclusión


Tema
    Bajo este rótulo se conoce un movimiento cultural formado por autores nacidos en los años 80 del s. XIX, que buscan reafirmar lo propio del nuevo siglo XX rechazando lo característico del anterior: Romanticismo, Realismo e incluso el Modernismo. Varios acontecimientos políticos van a protagonizar las primeras décadas del siglo. En Europa, la 1ª Guerra Mundial y la Revolución Rusa; en España, el final del la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera y el advenimiento de la Primera República y el pregresivo enfrentamiento de las dos Españas que terminará en la Guerra Civil.
   Junto a ello, se vive también desde 1910 hasta la guerra, un periodo de efervescencia cultural y artística agrupado con el nombre de Vanguardias. Son movimientos que se suceden vertiginosamente y que inauguran una nueva forma de entender el arte, lo que Ortega y Gasset bautizó como "deshumanización". La obra de arte ya no se va a valorar en función de una mejor o peor imitación de la realidad, sino en función de la capacidad de crear realidades nuevos, objetos autónomos. El primer movimiento que cabe mencionar es el Expresionismo. Nacido en Alemania, expresa su angustia y horror por los terribles acontecimientos que se vivían, en particular, la 1ª Guerra Mundial, a través de la deformación de los motivos o los personajes. En seguida, la beligerancia del Futurismo de Filippo Tomaso Marinetti contra todo lo que sonara a caduco captó para la poesía y el arte fuentes nuevas de inspiración como la velocidad, la tecnología o la fuerza. Quizá sea el Cubismo, movimiento nacido en Francia con Picasso y Braque, el "ismo" más sólido desde el punto de vista teórico. Pretende deconstruir la realidad para  reorganizarla y crear realidades autónomas. Tendrá escuela en poesía, por ejemplo, con los famosos caligramas de Guillaume Apollinaire. Dadá, inaugurado por Trstán Tzará, será el movimiento más radical. Busca el arte efímero, el antiarte, basado en la casualidad, la desmitificación del papel del artista y el sentido lúdico. Juegos poéticos como el "cadáver exquisito" se pusieron de moda entre sus cultivadores. En el ámbito hispano, hay que mencionar el Creacionismo, que impulso el chileno Vicente Huidobro y muy próximo a él, el Ultraísmo. El primero pretende liberarse de la esclavitud de imitar a la naturaleza y propone al poeta como "pequeño Dios" capaz de crear objetos artísticos nuevo. El segundo, más ecléctico, acepta las innovaciones de los demás y pone especial atención en la búsqueda de imágenes novedosas y chocantes. A partir del año 25 surge el movimiento más importante, el Surrealismo, en el que se advierte un camino rehumanizador, en el sentido de que vuelve a ser el hombre y sus sentimientos quienes protagonizan los textos. El Surrealismo pretende ensanchar los límites de la libertad creativa explorando el subconsciente. Aparecen así nuevos motivos como los sueños, el deseo sexual, el humor, en asociaciones libres de imágenes a través de lo que denominaban "escritura automática".
     En este clima de furia experimental de las Vanguardias, lo que sin embargo caracteriza a los autores novecentistas es, en primer lugar, el gusto por un arte racional, riguroso y analítico. Desprecian todo lo que recuerde a los excesos románticos, incluidas las nostalgias noventayochistas o la exuberancia fantasiosa modernista. Defienden el arte puro, deshumanizado, desprovisto de sentimentalismo, autónomo, válido por sí mismo. Un arte que será además minoritario, dirigido a una élite que lo comprende y disfruta, lejos del arte para el gran público que fueron el romántico y el realista. Poseen, por último, un estilo cuidado, elegante, que busca la “obra bien hecha”, con un lenguaje pulcro y riguroso, sin dejar por ello de ser brillante.
    De este movimiento destacan los pensadores y ensayistas más que los escritores de ficción. Junto a figuras como Eugenio D'Ors, Manuel Azaña o Gregorio Marañón sobresale José Ortega y Gasset. Ensayos como “Meditaciones del Quijote” o “La España invertebrada” le dieron pronto fama y quizá es “La deshumanización del arte” su obra sobre estética más importante. En ella describe el arte joven como un arte deliberadamente difícil, creador y no imitador, artístico en oposición a sentimental, deshumanizado frente al anterior arte naturalista. Las características que él vio con lucidez en el arte de vanguardia. Su estilo elegante y claro, con frecuentes metáforas y otros recursos retóricos, han hecho ver en él antes a un escritor que a un filósofo.
     No obstante, se puede hablar de algunos grandes novelistas en este grupo. Hay que mencionar a Gabriel Miró, quien cultivó en títulos como “Nuestro padre San Damián” o “El obispo leproso” lo que se llamó novela lírica: obras en las que la trama cede terreno a una elaborada descripción de ambientes y a un exquisito tratamiento de la psicología de los personajes. También fue importante Ramón Pérez de Ayala, cuyo afán innovador dio lugar a la llamada novela intelectual (“Tigre Juan”, “Belarmino y Apolonio”), donde la acción no es lo más importante sino los diálogos y las ideas que en ellos se defienden, así como el carácter alegórico de sus personajes. Merece ser recordado Ramón Gómez de la Serna, prolífico autor que introdujo el espíritu vanguardista y trasgresor en nuestro país. Aunque sus obras puedan parecer algo joviales (“Las greguerías”, por ejemplo), y de un cosmopolitismo superficial (las novelas) laten en ellas un espíritu trágico que tiene como protagonista la soledad radical del individuo.
     Por último, hay que hacer referencia al gran poeta Juan Ramón Jiménez, que si por edad y por algunos rasgos puede pertenecer a este grupo, la importancia de su obra desborda sus fronteras. Andaluz, hipersensible y volcado hacia la poesía en cuerpo y alma, su larga trayectoria suele dividirse en tres etapas. Hasta 1915 cultivó un estilo próximo al Modernismo, de largos versos, sonoras y rimas y lenguaje lujoso. Títulos significativos son “Arias tristes” o “La soledad sonora”. Luego se inclinó hacia la poesía pura, intelectual, sin anécdota, estilizada y perfecta, más cerca del verso libre, de la austeridad de recursos y de las innovaciones vanguardistas (“Diario de un poeta recién casado”). Es por ella que se le incluye en este grupo. A partir de la guerra y el exilio cultivó la que él llamó “poesía suficiente”, en títulos como “La estación total” o “Dios deseado y deseante”, una poesía de carácter metafísico, hermética y personal, presidida por un Dios que a veces es la naturaleza y otras la conciencia del poeta.
En definitiva, podemos considerar el Novecentismo como un movimiento inaugural de lo específico del siglo XX, quizá sin figuras de primer orden, salvo el inclasificable Juan Ramón, con más brillo por su esfuerzo teórico que por sus frutos literarios. Por otro lado, hay que reconocer en el impulso innovador de las Vanguardias la nueva concepción que tenemos hoy del arte como campo de la experimentación y de la libertad radical. Con ellos, se puede decir, nace lo que llamamos arte contemporáneo.

Temas de literatura en la PAU

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Esta es la lista de temas para las pruebas PAU del curso 2011-12 facilitadas por la Universidad:

1) La literatura del s. XVIII, ensayo y teatro.
2) El Romanticismo literario del siglo XIX.
3) La novela realista y naturalista del XIX.
4) El Modernismo y la Generación del 98
5) Novecentismo y Vanguardias.
6) La poesía de la Generación del 27.
7) El teatro anterior al 39. Tendencias, autores y obras principales.
8) La novela española del 39 al 75. Tendencias, autores y obras principales.
9) El teatro español del 39 a nuestros días. Tendencias, autores y obras principales.
10) La poesía española del 39 a nuestros días. Tendencias, autores y obras principales.
11) La novela y el cuento hispanoamericano de la 2ª mitad del siglo XX. del 39 al 80. Tendencias, autores y obras principales.
12) La novela española del 75 a nuestros días. Tendencias, autores y obras principales.

Modernismo y Generación del 98

Esquema:

1. Introducción
2. Contexto histórico
3. Modernismo
   a) Definición
   b) Influencias: Romanticismo, Simbolismo, Parnasianismo
   c) Características:
      -Reacción al Positivismo
      -Exotismo, escapismo, cosmopolitismo
      -Esteticismo, elitismo
      -Sensualidad, paganismo
      -Renovación formal (métrica, motivos, léxico, figuras)
   d) Motivos recurrentes: Cisnes y princesas; Oriente, Grecia clásica
   e) Géneros predilectos: poesía y cuento
   f) Obras y autores.
       -Americanos: Martí (“Versos libres”) , Darío (“Prosas profanas”)
       -Españoles: M. Machado (“Alma”), JR. Jiménez (“Arias tristes”, “La soledad sonora”)
4. La generación del 98
   a) Definición
   b) Vinculación al Modernismo
   c) Rasgos comunes
        -Reacción al Realismo
        -Regeneración de la sociedad española
        -Lecturas comunes: Schopenhauer, Nietzsche
        -Estilo depurado, antirretórico
        -Castilla como símbolo de la auténtica España
5. Autores y obras
    a) J. M. Ruiz, “Azorín”: -“La Voluntad” (02), “Castilla” (12).
    b) M. de Unamuno: “Vida de don Quijote y Sancho” (05), “Niebla” (14)
    c) P. Baroja: “La busca” (1904), “El árbol de la ciencia” (1911) (novela)
    d) A. Machado: “Soledades” (07), “Campos de Castilla” (12)
    e) Valle-Inclán: “Sonatas” (02-06), “Luces de Bohemia” (25)
6. Cierre

Tema:

    El Modernismo es un movimiento muy internacional que no se limita a la literatura, sino que abarca diferentes parcelas del arte como la pintura, la arquitectura o las artes decorativas. Se desarrolló, aproximadamente, entre 1885 y 1915, y aunque con diferentes nombres según los países, Art Nouveau en Francia, Jugend Still en Alemania o Modern Style en Inglaterra o América, supone una reacción contra la estética realista que se venía imponiendo en Europa desde mediados de siglo XIX. En esta época, denominada comúnmente como “Fin de siglo”, parecía haber triunfado la filosofía positivista vinculada al capitalismo, al progreso tecnológico y a los avances imparables de la revolución industrial.
    Influido directamente por el Simbolismo y el Parnasianismo franceses, pero en realidad íntimamente conectado con la esencia del Romanticismo, se observan en él unos rasgos muy característicos. Opuesto al prosaísmo realista, lo primero que llama la atención es el lenguaje lujoso que cultiva. Prosa y verso se pueblan de cisnes, orquídeas, góndolas y princesas orientales. Hay un gusto por las palabras extranjeras, por su sonido exótico y sus connotaciones de leyenda. Otro rasgo que a veces se ha anotado de forma peyorativa es el escapismo. Efectivamente, el afán por alejarse de escenarios mediocres, naturalistas, lleva sus relatos a las refinadas cortes decadentes de Venecia, Samarkanda o el París del siglo XVIII. También muy especialmente, la Grecia clásica. Ello se ve hoy como una forma de crítica al materialismo capitalista en que se había sumergido la sociedad. Son autores cosmopolitas, que han viajado y conocen (sobre todo literariamente) otras culturas que le interesan tanto o más que la Europea. Les empuja un aire de libertad que se traduce en importantes renovaciones en la métrica (aparecen el eneasílabo, el decasílabo, el soneto alejandrino), en las figuras retóricas (cultivo de la sinestesia, la aliteración) y en el léxico (arcaísmos, extranjerismos, cultismos..). Para terminar, hay que señalar cómo espíritu transgresor se deja ver en el gusto por temas paganos y sensuales, que a menudo se adentran en la pornografía o el satanismo.
    El Modenismo en lengua castellana nace en Hispanoamérica con autores como José Martí o José Asunción Silva y será su mejor exponente, el nicaragüense Ruben Daría quien lo introducirá en España, donde vivió unos años. Obras suyas como “Azul” o “Prosas profanas” causaron enorme impacto y grandes escritores españoles se dejaron seducir por sus novedades. Hay que citar en primer lugar a Manuel Machado, poeta de diferentes voces, cuya obra más reconocida es “Alma”, de 1900. Otro gran autor que, solo en una primera etapa que luego desdeñó, produjo memorables libros modernistas es Juan Ramón Jiménez. Sn ejemplos “Arias tristes” o “La soledad sonora”. Ineludibles son también nombres como Antonio Machado o Valle-Inclán. Los trataremos al hablar de la Generación del 98.
    Con este nombre, bastante discutido hoy en día, se conoce a un grupo de autores, nacidos en España entre los años 1860 y 1875, que cultivaron un tipo de literatura con algunos rasgos comunes, distinta si no opuesta al realismo decimonónico. Se ha discutido largamente sobre su filiación u oposición al Modernismo. Hoy la crítica no los considera esencialmente distintos, sino que ve en el 98 la aportación española a ese movimiento amplio y cosmopolita que fue el modernista. Hay, al menos hasta los años 20, algunos elementos afines en sus obras. En primer lugar, un gusto por la prosa fluida, natural, antirretórica, alejada de la afectación. Preferían la palabra precisa, a menudo arcaizante, de gusto local, pero usada siempre con lirismo. Descubrieron en el austero paisaje castellano, a pesar de que casi todos nacieron en la periferia, un motivo de inspiración. También compartieron una visión pesimista de la sociedad española, a la que pretendieron, sin demasiada acción ni compromiso, regenerar.
    Quizá fuera José Martínez Ruiz, “Azorín”, quien más contribuyera a la creación del concepto de Generación del 98 con novelas como “La voluntad”, de 1902. En ella, un muchacho (Antonio Azorín) habla y reflexiona con su maestro sobre distintos temas. No hay acción ni trama estructurada ni personajes nítidos ni final cerrado al estilo realista. Historia, filosofía, poesía... son las herramientas con las que construye un original relato donde el protagonista es el propio lenguaje y el inconfundible estilo.
    Otro autor importante fue Miguel de Unamuno. Rector de la universidad de Salamanca, intelectual de inmenso prestigio, fue más conocido como pensador que como autor de ficción, aunque él siempre se consideró sobre todo poeta. En libros como “El Cristo de Velázquez” plasma en versos algo áridos, pero muy valorados hoy, sus inquietudes vitales, siempre en torno a la lucha entre la fe y la razón. Más interesantes se consideraron sus ensayos (“En torno al casticismo”, “Vida de don Quijote y Sancho”) donde introducen conceptos tan universales hoy como el de “intrahistoria”. Quizá sean sus novelas lo más leído de su obra. Fueron importantes “Niebla”, donde enfrenta al personaje protagonista con el autor, el propio Miguel de Unamuno, para hablar del papel de la literatura, o “San Manuel Bueno, mártir”, de nuevo alrededor del tema de la falta de fe.
    El gran narrador, no obstante, de la generación fue Pío Baroja, autor de más de 60 novelas. Quizá las más importantes fueran las de su primera época, hasta los años 20. Títulos como “La busca” o el “El árbol de la ciencia” muestran una feliz síntesis entre el realismo al estilo de Galdós (escenas cotidianas y costumbristas, de la clase media o baja) con las novedades del siglo XX: descripciones impresionistas, diálogos ágiles, acción trepidante, estructura episódica, digresiones ensayísticas, final abierto...
    Antonio Machado es, por otro lado, el mejor poeta de este grupo. Su primer libro, “Soledades”, de 1907, respira un tono modernista, con inquietud por el cromatismo, los versos audaces, pero en un clima más íntimo y moderado, alejado de los cisnes y princesas de Rubén Darío. Al contacto con la tierra soriana, donde fue destinado como profesor de francés y donde se enamoró y casó, y en breve tiempo perdió a su mujer, su poesía derivó hacia temáticas menos íntimas, en su fundamental obra “Campos de Castilla”. El paisaje como motivo para la reflexión sobre España y sus gentes o la nostalgia de Leonor, su joven amada perdida para siempre, son sus temas predilectos.
    Por último, Ramón María del Valle-Inclán fue un genial novelista y dramaturgo. Partiendo de un refinado modernismo con sus “Sonatas”, cultivó también una literatura llamada “mítica”, alrededor de una Galicia mágica y brutal. Pero su hallazgo más feliz fue el Esperpento, género bautizado así por él, que la crítica asocia al movimiento expresionista, en él que se sirve de la deformación caricaturesca de sus personajes y situaciones para hacer una labor de denuncia no solo histórica y circunstancial, sino existencial.
    Otros autores importantes a los que al menos hay que mencionar son Ángel Ganivet, Ramiro de Maeztu o incluso un primer Jacinto Benavente.
Ambos, modernistas y noventayochistas, encontraron en el simplón y prosaico Realismo un enemigo común. Su ansia renovadora y regeneradora, además de dejar grandes obras en el camino, anticipó el vendaval experimental que se cernía sobre Europa: las Vanguardias.

El Romanticismo

Resumen

1.Introducción
2. Contexto histórico
3. Características del movimiento
-a) Irracionalidad
-b) Sentimentalismo: hipertofia del “yo”
-c) Rebeldía: ansias de libertad
-d) Originalidad: inspiración, genio
-e) Inconformismo
4. Motivos recurrentes
-a) Muerte: tumbas, cementerios, espíritus, fantasmas, la noche…
-b) Naturaleza violenta: tempestades, tormentas, bosques, montañas…
-c) La mujer: apasionada, misteriosa, decadente…
-d) Edad media: castillos, héroes, leyendas…
5. Géneros importantes
-a) Novela histórica
-b) Artículo de costumbres
-c) Poesía lírica
-d) Drama romántico
6. Obras y autores.
-a) Primer romanticismo
-----Martínez de la Rosa (“La conjuración de Venecia)
-----Ángel Saavedra, Duque de Rivas (“Don álvaro o la fuerza del sino”)
-b) Romanticismo exaltado
----José Espronceda (“El diablo Mundo”, “El estudiante de Salamanca”)
----José Lara (Artículos de costumbres)
-c) Romanticismo histórico o tradicionalista
----José Zorrilla (“Don Juan Tenorio”)
-d) Postromanticismo
----Gustavo Adolfo Bécquer (“Rimas”, “Leyendas”)
----Rosalía de Castro (“Cantares galegos”, “Follas novas”, “A orillas del Sar”)
7. Conclusión o cierre

Tema

El Romanticismo es un movimiento artístico que nace en Alemania e Inglaterra a finales del siglo XVIII y se extiende por toda Europa hasta mediados del XIX. Su importancia es enorme, ya que inaugura una nueva forma de entender el arte de la que aún hoy podemos considerarnos herederos.

Son varios los rasgos que lo caracterizan. En primer lugar, una reacción ante el arte utilitario, racional, equilibrado y academicista de la Ilustración. El autor romántico busca impactar a su público, conmoverlo con pasiones extremas. Le atrae el desequilibrio, la sinrazón, la furia sentimental. Por otro lado, ya no será un instrumento de enseñanza del pueblo, sino el cauce de la propia subjetividad, de un “yo” doliente e incomprendido. A partir de aquí se valorarán factores como la originalidad, el genio creador, la sinceridad que siguen siendo hoy la pauta general de nuestra sensibilidad artística. Pero si algo caracteriza este movimiento es su espíritu rebelde, su ansia de libertad. Libertad en las formas (búsqueda de nuevas métricas, mezcla de géneros, ruptura de las unidades teatrales) y libertad temática (predilección por personajes marginales y rebeldes, exaltación del sentimiento nacionalista de los pueblos sometidos, desprecio de la verosimilitud, del decoro, etc.).

Los géneros predilectos del Romanticismo fueron la poesía lírica (baladas, rimas), la más indicada para la expresión de la subjetividad; la poesía narrativa (romances, leyendas), largas novelas en verso ambientadas en tiempos remotos favorables a la acción heroica, sobre todo la edad media; la novela histórica, con el mismo afán escapista de dudosa veracidad; y por encima de todos, el drama romántico. Este consistía en un conflicto irresoluble de un protagonista noble pero casi siempre proscrito, al que una fuerza irresistible conduce a una tragedia con dos vertientes, la amorosa y la política.

Es necesario hablar de algunos motivos recurrentes que al menos externamente caracterizan también a este movimiento. Nos referimos a su gusto por las ruinas, los sepulcros, los castillos medievales o los calabozos. Una naturaleza hostil, llena de tormentas, tempestades, acantilados o bosques impenetrables suele ser utilizada como metáfora de los sentimientos del poeta (o pintor, o músico, etc.). Ambientes nocturnos, mujeres enigmáticas de belleza inalcanzable, duelos a espada... pueblan sus páginas.

Aunque se habla de un prerromanticismo en la obra de autores ilustrados como Juan Meléndez Valdés o José Cadalso, hay que esperar a la muerte de Fernando VII, en 1833, para que este movimiento triunfe en España. Lo hace de la mano de autores como Martínez de la Rosa (“La conjuración de Venecia”) o el Duque de Rivas (“Don Álvaro o la fuerza del sino”). Quien mejor encarna la figura del Romanticismo exaltado es José Espronceda, que además de llevar una activa vida política, es autor una interesante producción poética tanto lírica (“Canto a Teresa”) como narrativa (“El diablo mundo”, “El estudiante de Salamanca”). Una versión igualmente crítica sería José Larra, quien cultivó el drama (“Macías”) o la novela histórica (“El doncel de don Enrique el valiente”), pero que destacó sobre todo por sus artículos costumbristas (“Vuelva usted mañana”, “El castellano viejo”) donde de manera amena pero mordaz describe una sociedad atrasada y estéril. La última gran figura de este primer Romanticismo es José Zorrilla, autor fértil que cultivo con mucho éxito la poesía narrativa (“Elvira”) pero a quien hoy recordamos sobre todo por su drama “Don Juan Tenorio”, versión romántica del mito del don Juan, cínico implacable que se atreve a retar al propio Dios, pero que a diferencia del don Juan barroco, es redimido del infierno por el amor verdadero.

Por último, hay que mencionar a dos grandes autores, Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro, que algunos críticos prefieren encuadrar en el premodernismo, y que son sin duda las más altas cimas de calidad del movimiento. Bécquer, autor de delicadas y solventes leyendas (“El monte de las ánimas”), es reconocido hoy por sus “Rimas”, colección de poemas que describen algo parecido a un episodio amoroso, desde su fase más ilusionante hasta el rechazo y la desesperación. Son de altísima intensidad, sutileza y sinceridad, lo que le han hecho erigirse, aún hoy, como prototipo de la poesía lírica amorosa. Por su parte, Rosalía, autora de dos primeros libros en gallego (“Cantares galegos” y “Follas novas”) y de uno en castellano (“A orillas del Sar”), cultiva también con maestría la poesía intensa, doliente, de rimas suaves y formas originales, donde condensa sentimientos de nostalgia y unión con la naturaleza.

En resumen, aunque en versiones heterogéneas y calidad desigual, el Romanticismo en Europa y también en España transformó la forma de entender el arte en lo que entendemos que es hoy: el territorio de la libertad, de lo original, de la inspiración genial.

Poesía desde 1940

Esquema

1) Introducción
2) Contexto histórico
-a. El franquismo
-b. El exilio
-c. La censura
3) Años 40
-a.Poetas arraigados: Dionisio Ridruejo, Luis Rosales
-b. Poetas desarraigados: Dámaso Alonso
-c. Otras tendencias: Postismo
4) Años 50
-a. Poesía social: Blas de Otero, Gabriel Celaya, José Hierro
-b. Tendencia intimista: Carlos Bousoño
5) Generación del medio siglo: Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez...
6) Los novísimos: Pere Gimferrer, Félix de Azúa...
7) Últimas tendencias:
-a. Poesía de la experiencia: Luis García Montero, Jon Juaristi
-b. Poesía neo vanguardista: Miguel Casado
8) Cierre

Tema

La Guerra Civil deja un panorama desolador en las letras españolas. La rica efervescencia cultural de los años 30 da paso a unos duros años en los que los mejores autores están muertos (Lorca, Unamuno, Vall-Inclán) o exiliados (Alberti, Guillén, Cernuda. León Felipe...) o en el denominado exilio interior (Aleixandre). A esa dolorosa ruptura hay que sumar el aislamiento internacional en que nos sumergimos y la censura, no demasiado férrea en el caso de la poesía, para completar un panorama realmente triste.

La primera generación tras la guerra, conocida como “del 36”, la forman autores como Luis Rosales (“La casa encendida”), Dionisio Ridruejo (“Cuadernos de Rusia”) y otros y surge en torno a las revistas Escorial y Garcilaso. Son poetas que han luchado en el bando nacional y al menos en un primer momento cultivan una poesía clasicista y serena, que tiene a España y a Dios como protagonistas. Pero en 1944 se publica “Hijos de la ira”, de Dámaso Alonso, que va a dar lugar a una corriente de poesía denominada “desarraigada”. El verso libre, las imprecaciones a Dios y un tono desesperado son sus rasgos más llamativos, con los que buscan expresa una angustia existencial imposible de desligar de la difícil circunstancia histórica que estaban viviendo. Poetas desarraigados hay que considerar también a Miguel Hernández (lo poco que pudo escribir tras la guerra) y a Blas de Otero.

Este último va a ser una importante figura de la importante corriente que se va a iniciar en los años 50, la llamada “poesía social”. Sus autores conciben la poesía como un instrumento para la denuncia y el compromiso, una herramienta para transformar el mundo y despertar las conciencias ante la Historia. Es una poesía dirigida al pueblo, “a la inmensa mayoría”, así titulará Blas de Otero una de sus obras. Cultivan por lo tanto un lenguaje claro, unas formas accesibles, un mensaje nítido. Gabriel Celaya, autor en “Poemas iberos” del poema “La poesía es un arma cargada de futuro” será también en estos años uno de sus máximos exponentes. Se pueden incluir aquí otros nombres como los de José Hierro o Carlos Bousoño.

Esta poesía, que dominará el panorama literario unos años, va perdiendo vigencia al final de la década. Es entonces cuando surge una nueva generación, que unos llaman del medio siglo y otros de los 60, que publican sus primeros libros dentro de la estética de la poesía social, pero que pronto derivarán en un intimismo menos altisonante. La poesía que se entendía como un mero acto de comunicación pasa a ser un ejercicio de conocimiento, de autoconocimiento del poeta. Hablamos de autores como Ángel González (“Áspero mundo”, “Sin esperanza, con convencimiento”), Jaime Gil de Biedma (“Compañeros de viaje”, “poemas póstumos”), Claudio Rodríguez (“Don de la ebriedad”), quienes además de una sincera amistad, comparten algunos rasgos: tono conversacional, presencia de anécdotas cotidianas de las que saben hacer surgir temas universales, y sobre todo una actitud moral ante la poesía.

Hacia finales de los 60, sin embargo, surge otro grupo de poetas que van a suponer un giro radical respecto de la generación anterior. Son conocidos como “los novísimos”, por la Antología de José María Castellet publicada en 1970, “Nueve poetas novísmos” y pese a su mucha diversidad se pueden reconocer rasgos comunes como el culturalismo, el desdén por la poesía moral de la generación anterior, una vuelta a la experimentación vanguardista, sobre todo al surrealismo, que se traduce en unos textos más herméticos y difíciles, el cosmopolitismo de sus fuentes, que ya no son la anterior poesía española, sino toda, desde la clásica hasta la europea más contemporánea, además de otras como el cine, los mass media y hasta el cómic. Hablamos de autores como Pere Gimferrer (“Arde el mar”), Gillermo Carnero (“Dibujo de la muerte”) o Leopoldo María Panero (“Así se fundó Carnaby Street”).

A partir de aquí, las últimas tendencias a partir de los años 80 son aún de difícil descripción por falta de perspectiva y por su heterogeneidad. Podemos advertir algunas como la poesía experimental de Jenaro Talens, el clasicismo de Luis Antonio de Villena o la denominada poesía de la experiencia de Luis García Montero.

En definitiva, se trata de un panorama muy interesante que abarca el largo y casi siempre penoso periodo dominado por el Franquismo y luego la Transición en el que han surgido sucesivos grupos de poetas con estéticas muy personales y con rasgos comunes que, a medida que se acercan más a nuestro presente, son más difíciles de distinguir.

Teatro 1900-1940

Esquema

1. Introducción
-a) Contexto histórico y literario
-b) Panorama teatral
2. El teatro convencional
-a) La comedia burguesa: Jacinto Benavente.
-b) El teatro poético: Eduardo Marquina, Francisco Villaespesa
-c) Teatro cómico:
-----Sainetes: Carlos Arniches
-----Astracán: Pedro Muñoz Seca
3. El teatro innovador
-a) Galdós
-b) Unamuno y Azorín
-c) Valle-Inclán
-d) Federico García Lorca
4. Conclusión.

Tema

Este periodo histórico, muy convulso desde el punto de vista político y social, en el que se vivió el final de la denominada Restauración, la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y que terminó trágicamente con la Guerra Civil, es también uno de los más fructíferos de nuestras letras, hasta el punto que se suele aludir a él como la “Edad de Plata”. Ello es sin duda así en la novela y en la poesía, pero el teatro no vivió un esplendor igual. La crítica coincide en señalar que frente a la vitalidad del género en cuanto a cantidad y variedad, la calidad fue más bien escasa.
Se suele indicar la existencia de dos grandes formas de teatro. Por un lado el que triunfaba en los escenarios: repetitivo, convencional, nada arriesgado, acrítico, dirigido a un público burgués que no estaba dispuesto a escuchar conflictos demasiado desagradables. Frente a él, hubo un teatro innovador, de calidad y transgresor, pero que no encontró más lugar de representación que las salas minoritarias y el rechazo del gran público.

Al primero pertenece Jacinto Benavente, el mejor representante de la comedia burguesa: dramas bien construidos, de diálogos ágiles pero sin conflictos de verdadera tensión. Pese al éxito que cosechó, hoy apenas se recuerdan de él piezas como “Los intereses creados” y “La malquerida”.

Una fórmula que tuvo también mucho éxito fue el llamado teatro poético. Eran dramas escritos en verso (de ahí el nombre) de escaso interés ya, pensados para un público deseoso de escenas lacrimógenas y asuntos patrióticos, que esperaban la declamación grandilocuente de unos actores famosos. A este teatro pertenecían géneros como el drama rural y la tragedia histórica y a él se dedicaron autores como Eduardo Marquina (“Las hijas del Cid”) o Francisco Villaespesa (Aben Humeya).

Hay que mencionar también los géneros cómicos. Carlos Arniches, pese a obras interesantes como el drama rural “La señorita de Trévelez”, fue famoso por sus sainetes, obras de un tono casticismo postizo, donde siempre triunfa la bondad. De éxito fue también el denominado “astracán”, piezas disparatadas donde lo único que se buscaba era el chiste. El mejor exponente fue Pedro Muñoz Seca, cuya “Venganza de don Mendo” se sigue representando hoy con éxito.
El otro teatro, el innovador, tiene su arranque con “Electra”, un ensayo de drama naturalista de Benito Pérez Galdós, que causó enorme revuelo y desagrado entre la burguesía bienpensante. El mismo tono de conflicto social comparte “Juan José”, de Joaquín Dicenta, que no obstante fue un gran éxito. Los autores de la Generación del 98 acogieron este teatro con entusiasmo y se propusieron regenerar el género. Así, tanto Azorín (“Old Spain”) como Unamuno (“Fedra”) escribieron obras donde condensaban sus temas recurrentes sobre España y el ser humano, pero cuya falta de talento escénico las condenó al fracaso.

La figura central de la generación fue Ramón María el Valle-Inclán, un auténtico hombre de teatro que se adelantó a su tiempo: aunque en vida apenas pudo estrenar, es hoy uno de los más valorados (y representados) en nuestro país. Empezó escribiendo dramas de corte modernista (“Cenizas”), pero pronto cultivó un teatro ambientado en su Galicia natal (“Las comedias bárbaras”) y farsas cómicas y a la vez muy críticas (“La reina castiza”). Sin embargo, su genial aportación a la Historia de la Literatura va a ser el Esperpento. Un teatro de raíz expresionista, que se servirá de la deformación grotesca para mostrar la flaqueza humana y la crueldad social. Es “Luces de Bohemia”, el mejor ejemplo. En ella, un poeta ciego pero sensible a la injusticia que le rodea, visita en su última noche distintos ambientes que recrean la sociedad española: zafia, interesada y sin grandeza.

También el grupo del 27 quiso trabajar en favor de la regeneración del teatro, que consideraban degradado. Alberti escribió obras de carácter neopopular (“La pájara pinta”), surrealistas (“El hombre desabitado”) o de intención social (“Fermín Galán”), pero quien realmente vino a revolucionar las tablas, reuniendo por fin el espíritu innovador y el éxito de público fue Federico García Lorca. Él sí consiguió un verdadero teatro poético, transgresor y contemporáneo, pero sin descuidar elementos necesarios como la tensión dramática, la profundidad de los personajes y la universalidad de los conflictos. Sus comienzos no fueron fáciles y obras primeras como “Mariana Pineda” tuvieron malas críticas. Peor suerte tuvo su teatro surrealista, que él llamó imposible (“El público”, “Así que pasen cinco años”). Tuvo que transigir escribiendo un teatro más al alcance del público, cercano al drama rural que tanto éxito tenía, para triunfar. “Bodas de sangre”, donde trata la pasión y el deseo prohibidos le catapultó a la fama, que creció con “Yerma”, la tragedia de una mujer estéril, y con “La casa de Bernarda Alba”, su última obra antes de que muriera fusilado en los primeros días de la Guerra Civil. En ella, quizá su mejor obra, retrata una sociedad rural española, hipócrita y cruel, a través de una familia de cinco hermanas gobernada con mano de hierro por su madre viuda.

La Guerra se llevó por delante un fértil periodo literario, cuyo teatro estuvo marcado por su carácter comercial, repetitivo y burdo que el público parecía pedir. Contra él se esforzaron, en general sin éxito, autores que buscaron el teatro de calidad, conectado a la modernidad europea y a las vanguardias, y que dieron a luz a unas pocas pero geniales excepciones a la mediocridad general.

El teatro español del 39 al 80. Tendencias, autores y obras principales.


Esquema:

  1. Introducción
    1. Contexto histórico
    2. La censura
    3. La estructura teatral
  2. Años 40
    1. Teatro en el exilio: Rafael Alberti, Max Aub, Alejandro Casona
    2. Comedia burguesa: José María Pemán, Joaquín Calvo Sotelo
    3. Teatro de humor
      1. Miguel Mihura: “Tres sombreros de copa”
      2. Enrique Jardiel Poncela: “Eloísa está debajo de un almendro”
  3. La Generación realista de los años 50 y 60
    1. Antonio Buero Vallejo: “Historia de una escalera”, “El tragaluz”
    2. Alfonso Sastre: “Escuadrones hacia la muerte”, “La taberna fantástica”
    3. Otros autores: Antonio Gala, Martín Recuerda, Rodríguez Buded
  4. Teatro experimental
    1. Fernando Arrabal: “El cementerio de automóviles"
    2. Francisco Nieva, José Rubial
    3. Teatro colectivo: El Joglars, Tábano, Comediants
  5. El teatro hoy
Tema:
Tras la Guerra civil, la situación del teatro se puede calificar de catastrófica. Había sido un arma de propaganda y también de evasión durante la contienda y así había de permanecer en los primeros años 40. El gobierno franquista sabía que era un modo de expresión peligroso, por lo que ejerció una severa censura, contradictoria y miope muchas veces, pero que influyó de manera muy negativa no solo en los montajes, sino en la propia creación dramática, en eso que denominamos “autocensura”.
Aunque hay un teatro en el exilio, con autores como Rafael Alberti, Max Aub y sobre todo Alejandro Casona (“La sirena varada”), el panorama de los años 40 está protagonizado por dos formas de teatro bastante distintos. Por un lado, eso que se denominó “alta comedia” o “comedia burguesa”, de influencia benaventina. Son obras bien construidas, con una mezcla de intriga y sentimentalidad muy del gusto del público, en escenarios domésticos de la clase acomodada y temática repetitiva: celos, infidelidades, etc. Además de Jacinto Benavente, cultivaron este teatro autores como Joaquín Clavo Sotelo o José María Pemán. Por otro lado, y visto hoy con más interés, es el denominado “teatro de humor”. Enrique Jardiel Poncela, con bastante obra ya antes de la guerra, se aleja de los escenarios realistas y encuentra en la situaciones disparatadas y cómicas un cauce de expresión moderna. Éxitos remarcables son “Eloísa está debajo de un almendro” o “Los ladrones somos gente honrada”. Pero quizá es Miguel Mihura, quien solo a partir de los 50 estrenará con éxito, el que mejor represente el humor absurdo y algo existencialista. En su mejor obra, “Tres sombreros de copa”, plantea el conflicto universal del hombre: vivir conforme a lo que le conviene o conforme a sus deseos. Su obra posterior ("Melocotón en almibar", "Maribel y la extraña familia"...) quizá se quedó en ese humor blando e intrascendente que se llamó “codornicesco”, por la revista que él dirigió: “La codorniz”.
En los años 50 surge una interesante generación que extenderá su influencia hasta casi los 70. Es la denominada “Generación realista”. Son autores que entienden que el teatro debe hablar de la circunstancia actual del hombre, que en el caso de España se llamaba dictadura franquista, y hacerlo con espíritu crítico. Se plantean cuál debía ser su actitud: ¿escribir con libertad condenando así sus estrenos sin remedio o plantear su crítica sutil y camuflada para sortear la censura? Esto último se llamó “posibilismo” y su autor más importante es Antonio Buero Vallejo. Buero aparece con “Historia de una escalera”, que plantea con pesimismo la imposibilidad del hombre llano de prosperar y salir de su pobreza. Será autor fecundo de un teatro ético de mucha calidad, que abordará temas delicados como la pena de muerte (“La fundación”) o la tortura policial (“La doble historia del doctor Valmy), cuyas ambientaciones simbólicas le permitieron estrenar sin problemas. A ello hay que añadir un interés meritorio por la innovación y la imaginación en los montajes. Alfonso Sastre, por su lado, reivindicó la otra forma de hacer teatro, de preocupación social y abiertamente crítico. Obras suyas de interés son “Escuadra hacia la muerte” y "Guillermo Tell tiene los ojos tristes", que tratan el conflicto de la tiranía, o “La taberna fantástica”, donde presenta la degradación de las clases humildes. Pero prácticamente ninguna de ellas pudo estrenarse de forma pacífica hasta la muerte del dictador. Otros autores importantes de este grupo realista son José Martín Recuerda, Lauro Olmo, Ricardo Rodríguez Buded o el propio Antonio Gala.
Desde los años 50, pero con muchas dificultades para estrenar y siempre en un cauce minoritario, se desarrollará otro teatro denominado experimental. Ajeno a la estética realista, entienden el teatro como un espectáculo donde el texto es solo un elemento más. La temática sigue siendo en general la denuncia del franquismo y de la opresión, lo que les impidió estrenar en condiciones hasta la muerte de Franco, pero hacen uso de técnicas novedosas como el fragmentarismo, el absurdo, la ruptura de la cuarta pared, efectos especiales, mímica, improvisación, participación del público, etc. Los nombres más conocidos son Fernando Arrabal (“El cementerio de automóviles” , “Pic-nic”) o Francisco Nieva (“Pelo de tormenta”)
Desde los 70 surge un interesante movimiento denominado “teatro independiente”, al margen de la infraestructura comercial que compensaba su modestia de recursos con dosis de imaginación y libertad. Hablamos, por ejemplo, de El grupo Tábano, Los Goliardos, Els Joglars, Comediants, etc, que en general cultivaron lo que se llamó “teatro colectivo”, es decir, sus obras que no pertenecían a un autor sino que se gestaban con la participación de toda la compañía.
El panorama teatral desde los años 80 es bastante heterogéneo. Existe por un lado un circuito comercial que se identifica con el teatro de humor y los dramas costumbristas, más bien poco valorado. A su vez, hay una sólida red de teatro institucional que lleva a cabo montajes de calidad tanto de obras clásicas como de apuestas más arriesgadas y contemporáneas. Algunos autores que estrenan desde los años 80 regularmente y con éxito son Luis Alonso de Santos (“Bajarse al moro”), José Sanchís Sinisterra (“Ay, Carmela”) o más recientemente Juan Mayorga (“Hamelin”) o Juan Cavestany ("Urtain"). Por último, hay que mencionar el circuito de teatro alternativo, heredero del independiente de los 70, muy variado e irreverente. Compañías consolidadas nacidas de este teatro serían Yllana (“666”) o Animalario (“El fin de los sueños”). En cualquier caso, hay que decir que el teatro hoy disfruta de gran vitalidad, con variedad de propuestas, desde costosas producciones de musicales hasta minoritarias obras experimentales, pasando por el teatro clásico, festivales internacionales, monólogos de comedia, happenings y espectáculos al aire libre...

La Generación del 27

Esquema

1. Introducción
a) ¿Existe la Generación?: fechas, amistad, Residencia de Estudiantes, gustos comunes, homenaje a Góngora...
b) Trayectoria común
-Época vanguardista “deshumanizada” hasta 1928
-Rehumanización surrealista: hasta 1936 o 1939
-Dispersión tras la guerra: compromiso, nostalgia
2. Autores y obras
a) Pedro Salinas: “Fábula y signo”, “La voz a ti debida”
b) Jorge Guillén: “Cántico”, “Clamor”
c) Gerardo Diego: “Manual de espumas”, “Soria”
d) F.G. Lorca: “Romancero gitano”, “Poeta en NY”
e) Rafael Alberti: “Marinero en tierra”, “Sobre los ángeles”
f) Vicente Aleixandre: “Espadas como labios”, “Sombra del paraíso”
g) Luis Cernuda: “Los placeres prohibidos”, “Donde habite el olvido”
h) Dámaso Alonso: “Hijos de la ira”
3. Conclusión.

Desarrollo del tema

El grupo de poetas conocido como Generación del 27 protagoniza uno de los momentos más valiosos de nuestra historia literaria, conocido como Edad de Plata. Como siempre, el concepto de “generación” hay que tratarlo con cautela, ya que cada uno de sus miembros posee gran singularidad, sin embargo hay que reconocer algunos hechos y rasgos que los vincularon. Son poetas de parecida edad, nacidos todos entre 1890 y 1900, que compartieron no solo amistad, sino en muchos casos domicilio en la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid. Se dejaron cautivar por el impulso renovador de las Vanguardias, principalmente el Futurismo y el Creacionismo, y que luego descubrieron en el Surrealismo un liberador cauce de expresión ya nada frívolo. En 1927, el homenaje al tercer centenario de la muerte de Góngora sirvió como momento fundacional y les dio el nombre con el que pasarían a la Historia de la Literatura.

Luis Salinas, el mayor de todos, profesor de literatura en la universidad de Sevilla y luego de Madrid, publica dentro de la órbita del vanguardismo lúdico y deshumanizado, próximo al Futurismo, con temas urbanos, libros como “Seguro azar” o “Fábula y Signo”. Sin embargo, sus mejores obras serán las de los años 30, “Razón de amor” y “La voz a ti debida”, de temática amorosa, intensos y muy biográficos. Verso breve, tendencia al verso libre, austeridad de recursos y precisión en la voz son sus herramientas.

Autor importante fue el vallisoletano Jorge Guillén, quien en su primera etapa va agrupando sus sucesivos libros bajo el nombre de “Cántico”. Próximo a la estética de la poesía pura, sin adornos ni anécdotas narrativas, con un verso breve y asonantado, celebra con júbilo la existencia humana en esa frase que le hizo célebre: “El mundo está bien hecho”, y que también le procuró alguna crítica. A partir de los años 50, el tono se hace menos optimista en las obras reunidas bajo un nuevo título: “Clamor”.

Gerardo Diego fue un autor extremo. Se aplicó con ímpetu a la efervescencia vanguardista, en su caso el Creacionismo más arriesgado y abstracto, en obras como “Imagen” o “Manual de espumas”, pero también produjo los poemas más perfectamente clásicos, como en “Soria” o “Alondra de verdad”. Polifacético y virtuoso, fue el gran antologador de la Generación, contribuyendo en gran medida a su difusión.

Federico García Lorca es, de lejos, quien más renombre internacional ha obtenido. Su personal estilo, que con sensibilidad única mezcla elementos populares de Andalucía con una original modernidad, ha sido cantado, imitado y admirado largamente. Fue aclamado en su tierra tras obras como “Poema del cante jondo” o el “Romancero gitano”, pero debe su lugar en la historia, además de a su teatro, a “Poeta en Nueva York”, que dentro de la estética surrealista canta la tragedia del hombre sensible dentro del monstruo de la gran ciudad.

Otro andaluz universal será Rafael Alberti. Dotado de una musicalidad incomparable, surge como poeta con “Marinero en tierra”, obra de luminosa nostalgia de su Cádiz natal. Su trayectoria, como su vida, será larga y fructífera, comprometido con la República. Quizá habría que destacar de ella “Sobre los Ángeles”, poemario trágico y surrealizante, con el que trata de expulsar los fantasmas de una honda crisis personal.

Vicente Aleixandre fue quien cultivó con más ortodoxia el surrealismo en obras como “Espadas como labios” o “La destrucción o el amor”, de temática amorosa. Tras la guerra adopta un tono menos hermético en “Sombra del paraíso”, preocupado por temas más existenciales y por los problemas que sacudían al mundo. Representante de lo que se llamó “exilio interior” durante la dictadura franquista, recibió en 1977 el premio Nobel, que él siempre entendió como premio a su generación.

Andaluz también pero de tono más oscuro fue el que hoy es uno de los poetas más reivindicados del 27: Luis Cernuda. Próximo en un principio al surrealismo en obras como “Los placeres prohibidos”, y siempre sincero y doliente en sus mejores libros “Donde habite el olvido”, “Desolación de la quimera”, supo expresar en ellos su disconformidad con el mundo y sus anhelos sensuales.

Por último, hay que mencionar a Dámaso Alonso, figura teórica importante del grupo pero que como poeta no apareció apenas hasta 1944, cuando publicó “Hijos de la ira”, poemario existencialista y desesperado de enorme influencia en la posguerra.

En definitiva, se trata de un grupo de poetas de enorme talento (solo hemos podido detenernos en los más importantes, aunque hay otros interesantes como Manuel Altolaguirre, Juan Larrea o Emilio Prados), que vivieron con igual pasión el deslumbramiento por las novedades vanguardistas como el culto por la poesía clásica. Entre todos ellos llevaron a la poesía española a una de sus más altas cimas.

El siglo XVIII

ESQUEMA

1) Introducción
2) Contexto histórico
a. La Ilustración
b. La revolución industrial
c. El despotismo ilustrado
d. Revolución Francesa
3) Contexto literario
a. Postbarroco
b. Poesía neoclásica, rococó, anacreóntica
c. El teatro neoclásico (tragedia neoclásica, comedia de costumbres)
d. El prerromanticismo
4) Autores y obreas
a. 1ª ½ de siglo
i. Diego de Torres Villarroel (“Vida”)
ii. Benito Jerónimo Feijoo (“Teatro universal”, “Cartas eruditas”)
iii. Padre Isla (“Fray Gerundio de Campazas”)
iv. Francisco Luzán (“Poética)
b. 2ª ½ de siglo
i. Melchor Gaspar de Jovellanos (“Inflorme sobre la ley agraria”)
ii. José Cadalso (“Cartas Marruecas”, “Noches lúgubres”)
iii. Juan Meléndez Valdés (Poesía)
iv. Leandro Fernández Moratín (El sí de las niñas”, “La comedia nueva”)
5) Cierre

DESARROLLO

Es tradicional afirmar que el siglo XVIII no fue el de mayor esplendor de nuestras letras. Pese a ello, tampoco es cierto que sea un siglo monolítico, donde el Neoclasicismo, con sus virtudes y defectos, lo ocupara todo, sino que hubo distintas corrientes y una evolución que últimamente ha merecido la atención de la crítica.

A lo largo del siglo, tanto en Europa como en España se dejaron sentir las conquistas a que la Ilustración dio lugar. En la ciencia, en la economía y sobre todo en política. El ascenso al poder de la clase burguesa a costa de la nobleza, la Iglesia e incluso de la Monarquía terminó en la convulsa Revolución Francesa, que acabó para siempre con el llamado Antiguo Régimen, con el absolutismo monárquico y el despotismo. En literatura, este siglo llamado “de las luces”, en vehemente reacción contra los excesos barrocos, se inclinó por el buen gusto, por una vuelta a los modelos clásicos y a sus normas, por el equilibrio. Se trataba de hacer literatura útil, racional, que sirviera para enseñar deleitando. Quizá por ello se dejó de lado la poesía lírica y la prosa de ficción, mientras se revalorizó el ensayo, las fábulas, la comedia de costumbres o la tragedia, cuyo transparente afán didáctico no es precisamente del gusto de hoy.

En la primera mitad del siglo, dejando aparte a Diego de Torres Villarroel, quien siguió admirando a Quevedo y cultivando, en prosa y en poesía, la estética barroca, la figura principal es Benito Jerónimo Feijoo. Tanto en su “Teatro universal” como en las “Cartas eruditas”, con una prosa sencilla y limpia va recorriendo una miscelánea de temas con espíritu crítico e ilustrado, defendiendo el papel de la mujer en la sociedad o el estudio de idiomas extranjeros, por ejemplo, y atacando las supersticiones y otras costumbres hipócritas de la sociedad. El mismo afán didáctico guió a Francisco José Isla (el Padre Isla), autor de la única novela de relieve en todo el siglo, “Fray Gerundio de Campazas”, divertida sátira contra los predicadores obtusos y pedantes. También es de destacar, por su influencia posterior, la “Poética” de Francisco Luzán, manual relativamente estricto sobre lo que debe ser la buena literatura: sencilla, útil, respetuosa con las normas, fruto del trabajo y del conocimiento y, en resumidas cuentas, bien hecha.

Va a ser en la segunda mitad del siglo donde el Neoclasicismo tenga sus mejores exponentes. Figura principal será Melchor Gaspar de Jovellanos, que aunque autor también de poesía y teatro, vio a estos como un divertimento superfluo y prefirió la prosa ensayística. Obras suyas como el “Informe sobre la Ley Agraria” o “El castillo de Belver” son perfectos ejemplos de prosa ilustrada, sencilla, directa y bien construida. Amigo suyo y autor bajo su influencia fue José Cadalso, quien destacó por sus “Cartas marruecas”, obra epistolar inspirada en las “Cartas persas” de Montesquieu, entre la ficción y el ensayo, de la que se sirve para describir la sociedad, criticando sus vicios y muchas de sus costumbres. Muy distintas son sus “Noches lúgubres”, relato entre el teatro y la novela corta, donde reina un tono desesperado y pesimista con abundantes motivos nocturnos y decadentes que han permitido a la crítica hablar de obra prerromántica. El mejor poeta de esta generación fue Juan Meléndez Valdés, quien cultivó con talento las distintas variantes de la poesía ilustrada: el sensual rococó, la frívola anacreóntica, la solemne y optimista poesía neoclásica o un desesperado e inquietante prerromanticismo. Poesía muy diferente (y muy menor) aunque con fortuna editorial fue la de los fabulistas Tomas Iriarte y Félix María Samaniego. Por último, hay que hacer mención al teatro, género al que los ilustrados prestaron mucha atención por sus posibilidades didácticas. Aunque todos los autores lo cultivaron, casi el único que logró reunir la estética ilustrada y el favor del público fue Leandro Fernández Moratín. Sus comedias de costumbres, sobre todo “El sí de las niñas”, todavía hoy se dejan leer (representar no tanto) con gusto, siendo perfectos ejemplos de teatro neoclásico: decoro, verosimilitud, respeto a la división de géneros, a las unidades de espacio, tiempo y acción, didactismo, etc.

Podemos concluir diciendo que el XVIII fue un siglo cuya literatura perdió brillo por su carácter didáctico y racional, que la aleja de los gustos de hoy. Sin embargo, la prosa directa y clara, el estilo equilibrado y sobrio o el gusto por la verosimilitud, rasgos propios de la literatura contemporánea, hunden en estos autores sus primeras raíces.

Novela y cuento hispanoamericanos en la 2ª mitad del s. XX


Esquema


1) Introducción
2) Antecedentes: Modernismo, novela de la tierra, novela experimental
3) Género fantástico:
   -a. Jorge Luis Borges (“El Aleph”)
   -b. Julio Cortázar (“Rayuela”)
4) Novela existencial:
   -a. Ernesto Sábato (“El túnel”, “Sobre héroes y tumbas”)
   -b. Juan Carlos Onetti (“El pozo”)
5) El Realismo Mágico
   -a. Alejo Carpentier (“El reino de este mundo”)
   -b. Miguel Ángel Asturias (“El Señor Presidente”)
   -c. Augusto Roa Bastos (“Yo, el Supremo”)
   -d. Juan Rulfo (“Pedro Páramo”)
   -e. Otros: Carlos Fuentes, Rainaldo Arenas, Augusto Roa Bastos
6) El boom sudamericano
   -a. Mario Vargas Llosa (“El reino de este mundo”, “La ciudad y los perros”)
   -b. Gabriel García Márquez (“Cien años de soledad”)
7) La narrativa hispanoamericana hoy: Guillermo Cabrera Infante, Mario Benedetti, Roberto Bolaño




Tema


    Este tema pretende abarcar la enorme variedad de autores, corrientes y países que en esta segunda mitad del siglo XX, por cantidad y calidad, han colocado al continente americano en la élite de la literatura universal. América, que durante siglos se nutrió de lo que “venía de Europa”, supo emanciparse a finales del XIX con el movimiento modernista, con unas Vanguardias vividas intensamente y con la vuelta al realismo en lo que se llamó “novela de la tierra”. Pero va a ser a partir de los años 40 cuando comienza su verdadero esplendor.
    Quizá haya que empezar por el género fantástico, que vivió un gran desarrollo en estos años en el área rioplatense. Son importantes Adolfo Bioy Casares (“La invención de Morel”) y Julio Cortázar (“Las armas secretas”), pero quien alcanzará mayor proyección universal será Jorge Luis Borges con sus dos colecciones de relatos, “Ficciones”, de 1944, y “El Aleph”, de 1949. En ellos, el argumento puede deslizarse hacia mundos ficticios o fantásticos, pero poseen un desarrollo sujeto a unos principios narrativos muy rigurosos. Objetivo común a los tres autores es utilizar la literatura para mostrar la inconsistencia de eso tan sólido que llamamos realidad.
     Por su parte, el uruguayo Juan Carlos Onetti (“El pozo”, “La vida breve”) y el argentino Ernesto Sábato (“El túnel”, “Sobre héroes y tumbas”) cultivan un tipo de novela denominada existencial con la que representan de modo más bien dramático el carácter radicalmente absurdo de la realidad. Son novelas urbanas, protagonizadas por hombres atormentados, que buscan inútilmente una salida a su angustia.
     No obstante, el movimiento, nacido también en estos años 40, más original, fecundo e influyente de todo el siglo será el llamado “Realismo Mágico”. Lo iniciará el cubano Alejo Carpentier al trasladar a la literatura lo que el entendió como verdadera esencia americana: la convivencia pacífica de mitos y creencias antiguas, junto al progreso de la colonización. Ello habían dado lugar a lo que él llamaba lo “real-maravilloso”, que se convirtió en novelas como “El reino de este mundo” o “Los pasos perdidos”. En ellas descubrimos una naturaleza exuberante, el mestizaje de culturas, explicaciones míticas dentro de relatos verosímiles y realistas aunque desmesurados. Parecida actitud cultivó el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, a quien el contacto con el surrealismo le hizo mirar de forma diferente a su tierra y descubrió en la cultura prehispánica una forma de reivindicar a toda América. Su narrativa, “El señor Presidente”, “Leyendas de Guatemala”, se mueve en niveles de consciencia irracionales, pero altamente expresivos. Otro autor magistral y único, de obra breve pero capital, encuadrado también en esta concepción mágica e irreal de hispanoamérica, es el mejicano Juan Rulfo. “Pedro Páramo”, su única novela, forja un universo narrativo autónomo y un territorio irreal, Comala, que simboliza el infierno y donde tiene lugar la decadencia de Juan Preciado, símbolo del destino terrible y fatal de todo el continente. Muy importante es también su colección de cuentos "El llano en llamas", dentro del mismo ambiente irreal e irrespirable.
     Una segunda generación de autores surgen en los años 60 dentro del Realismo Mágico, cuya calidad les hizo desbordar los límites del continente americano. Quizá sea el colombiano Gabriel García Márquez quien de modo más efectivo e internacional haya acaparado el protagonismo de este movimiento. Un talento privilegiado para la narración y una imaginación prodigiosa han dado lugar a una serie de obras magníficas: “La hojarasca”, en 1955 o “El coronel no tiene quien le escriba”, de 1961, la colección de cuentos "Los funerales de la Mamá Grande" culminaron en 1967 con su obra definitiva, “Cien años de soledad”, que sirve tanto de paradigma como de cierre del ciclo del realismo mágico. Relatados con mano exquisita, asistimos a acontecimientos sobrenaturales con la mayor naturalidad, tiempos recurrentes, sagas que se multiplican, espacios asfixiantes... García Márquez ha creado en Macondo un territorio autónomo en el que cabe toda Latinoamérica.
     Autores que merecerían un tratamiento en profundidad, pero que solo podemos, por razones de espacio, mencionar, son el mejicano Carlos Fuentes (“La muerte de Artemio Cruz”), el paraguayo Augusto Roa Bastos (“Yo, el Supremo”) o el peruano Mario Vargas Llosa (“La ciudad y los perros”, “Conversaciones en la catdral”), quien, además de ser el último premio Nobel de Literatura, desencadenó el fenómeno –menos literario que editorial– conocido como “Boom hispanoamericano”.
     El momento álgido del realismo mágico terminó con “Cien años de soledad”. Hoy, autores como el chileno Antonio Skarmeta o el peruano Adolfo Bryce Echenique prescinden de cualquier referencia a lo mágico y vuelven sus ojos a la intimidad del ser humano. Otra formula nueva es la denominada “novela de testimonio”, en un intento de mostrar la realidad suramericana excluyendo la intervención del autor: hechos desnudos con toda su crudeza. Un ejemplo sería la mejicana Elena Poniatowska o el cubano Miguel Barnet o el chileno Roberto Bolaño.

La generación del 98

Respuesta posible para la pregunta del examen de Selectividad:

5. a Generación del 98 (2 p.)

Con este nombre, aunque bastante discutido hoy en día, se conoce a un grupo de autores, nacidos en España entre los años 1860 y 1875, que cultivaron un tipo de literatura con algunos rasgos comunes, distinta, si no opuesta, al realismo decimonónico que todavía caracterizaba a las obras de nuestro fin de siglo.
Aunque sus trayectorias posteriores fueron divergentes, hay que reconocer, al menos hasta los años 20, algunos elementos afines. En primer lugar, un gusto por la prosa fluida, natural, antirretórica, alejada de la afectación. Ello no les impedía exhibir un estilo cuidado, pero preferían la palabra precisa, a menudo arcaizante, de gusto local, pero usadas siempre con lirismo. Descubrieron en el austero paisaje castellano, a pesar de que casi todos nacieron en la periferia, un motivo de inspiración, que no fue sólo estética, sino que les condujo a originales reflexiones sobre la esencia de España y en general a una nostálgica visión de nuestro pasado glorioso, sobre todo en lo que a las artes se refiere.
Quizá fuera José Martínez Ruiz, “Azorín”, quien más contribuyera a la creación del concepto de Generación del 98 con novelas como “La voluntad”, de 1902. En ella, un muchacho (Antonio Azorín) habla y reflexiona con su maestro sobre distintos temas. No hay acción ni trama estructurada ni personajes nítidos ni final cerrado al estilo realista. Historia, filosofía, poesía... son las herramientas con las que construye un original relato donde el protagonista es el propio lenguaje y el inconfundible estilo.
Otro autor importante fue Miguel de Unamuno. Rector de la universidad de Salamanca, intelectual de inmenso prestigio, fue más conocido como pensador que como autor de ficción, aunque él siempre se consideró sobre todo poeta. En libros como “El Cristo de Velazquez” plasma en versos algo áridos, pero muy valorados hoy, sus inquietudes vitales, siempre en torno la lucha entre la fe y la razón. Más interesantes se consideraron sus ensayos (“En torno al casticismo”, “Vida de don Quijote y Sancho) donde introducen conceptos tan universales hoy como el de “intrahistoria”. Quizá sean sus novelas lo más leído de su obra. Fueron importantes “Niebla”, donde enfrenta al personaje protagonista con el autor, el propio Miguel de Unamuno, para hablar del papel de la literatura, o “San Manuel Bueno, mártir”, de nuevo al rededor del tema de la falta de fe.
El gran narrador, no obstante, de la generación fue Pío Baroja, autor de más de 60 novelas. Quizá las más importantes fueran las de su primera época, hasta los años 20. Títulos como “La busca” o el “El árbol de la ciencia” muestran una feliz síntesis entre el realismo al estilo de Galdós (escenas cotidianas y costumbristas, de la clase media o baja) con las novedades del siglo XX: descripciones impresionistas, diálogos ágiles, acción trepidante, estructura episódica, digresiones ensayísticas, final abierto... Aunque su labro posterior fue ingente, con títulos importantes como las “Memorias de un hombre de acción”, lo mejor de us producción estaba ya escrito antes de la guerra.
Antonio Machado es, por otro lado, el mejor poeta de este movimiento. Su primer libro, “Soledades”, de 1907 respira un tono modernista, con inquietud por el cromatismo, los versos audaces, pero en un clima más íntimo y moderado, ajeno a los cisnes y pagodas de un Rubén Darío. Al contacto con la tierra Soriana, donde fue destinado como profesor de francés, donde se enamoró y casó, y donde en breve tiempo perdió a su mujer, su poesía derivó hacia temáticas más sociales en su fundamental obra “Campos de Castilla”. El paisaje como motivo para la reflexión sobre España y sus gentes o la nostalgia de Leonor, su joven amada perdida para siempre, son sus temas predilectos. A partir de aquí se dedicó mas al ensayo misceláneo con obras valioas como “Juan de Mairena”.
Por último, Valle-Inclán fue un genial novelista y también dramaturgo. Partiendo de un refinado modernismo con sus “Sonatas”, cultivó también una literatura llamada “mítica”, alrededor de una Galicia mágica y brutal. Pero su hallazgo más feliz fue el Esperpento, género bautizado así por él que la crítica asocia al movimiento expresionista, en él que se sirve de la deformación caricaturesca de sus personajes y situaciones para hacer una labor de denuncia no solo histórica y circunstancial, sino existencial.
Otros autores importantes a los que al menos hay que mencionar son Ángel Ganivet, Ramiro de Maeztu o incluso un primer Jacinto Benavente.
Generación o no, estos autores compartieron lecturas, inquietudes y actos conjuntos, y aunque cada uno tuvo su personal estilo, contribuyeron a superar un realismo decimonónico que no sastisfacía ya a los lectores del nuevo siglo.



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